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No.28 primera Época Primera Quincena de Abril 200

 HISTORIA

Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez...

como yo lo recuerdo

Jorge Vargas Méndez

jvargasmendez@yahoo.com


Andate ya, Jorge, está oscureciendo y es peligroso, me dijo ese día con su voz pausada y paternal, una de las personas que más influirían en mi vida. Miento, no por lo que dijo, sino por el nombre con el que se dirigía a mi persona, pues utilizaba el mismo con el que se me conocía en la comunidad católica a la que pertenecía y que también era usado por mi familia. Me despedí de él, y sus últimas palabras fueron: Si ves a Roberto le decís que quiero platicar con él, que me busque. Me acompañó hasta la puerta, lo abracé con ternura y respeto, y me fui por las calles dominadas por el bullicio de una sirena que nunca supe si era de ambulancia o de un vehículo aterrador de la Policía Nacional. El sol, con sus rayos de naranja herida, se perdía moribundo por el volcán de San Salvador.

 

Esa vez había conversado con él sobre mis inquietudes, los temores y opciones de un joven que habitaba un país donde cada día aparecían cadáveres en calles y basureros, y donde desaparecían muchas personas de la noche a la mañana. Yo, le hablé de mis quimeras, de mi resistencia y mi esperanza; es decir, ya era poeta, pero aún no escribía, como bien lo apuntó Pablo Neruda. Él, como contrapartida, me habló de la Mano Blanca que amenazaba su puerta y de que, pese a ello, como auténtico romero continuaría con su cayado sin claudicar, predicando el evangelio y condenando la injusticia, el crimen; es decir, ya era un Santo, pero él no lo sabía.

 

Fue ese día que recibí los consejos que definieron mis futuros días y que postergaron mi incorporación a un proceso que aún no para: la búsqueda de una sociedad más justa y humana. Pero también fue ese día que le escuché una de sus frases más proféticas. Monseñor, ¿por qué no sale del país mientras se investigan esas amenazas? No, hijo –dijo obviando el diminutivo con el que me llamaba acostumbradamente–. Un pastor nunca abandona sus ovejas. Y enseguida, mientras caminaba pausadamente haciendo círculos en la pequeña sala, pronuncio su frase lapidaria: Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño. Y eso se ha cumplido, era un profeta. No hay duda.

 

Un partido de fútbol y una conversación efímera

 

Con el paso de los días también llegaron las amenazas de muerte a las puertas del grupo de  catequistas. La final del torneo de fútbol, en el que participábamos através del C.D. Estrella de Ciudad Delgado, se aproximaba. Teníamos que salir a la cancha llegada la fecha y eso nos ponía a la vista de los criminales. Un amigo arbitro se me acercó momentos antes del partido y me dijo: Ahí andan unos hombres armados preguntando por usted. Yo digo que mejor no juegue. Váyase. Lo mismo le he dicho a Obando.

 

Roberto se me acercó en el camerino. Lucía tranquilo aunque ya estaba advertido también por la misma persona. Dice Monseñor Romero que quiere hablar con vos, que lo busqués. Mañana mismo lo busco, me contestó, y luego agregó: Cuando estemos en la cancha no perdás de vista a esos policías de civil que andan por ahí. No les des la espalda para nada, aunque metás un autogol y perdamos el campeonato. Se carcajeó. Pero al final no pasó nada. Eso sí, ganamos el campeonato.

 

Años después, recordaría a Obando escribiéndole un poema en el que, por supuesto, no pude omitir a San  Romero de América, cuyo nombre indeleble e insoslayable figura me había prometido callar hasta que algún día pudiera escribirlo todo en un libro. Pero como se dará cuenta la lectora o lector, al igual que en aquella ocasión, también en esta oportunidad he fallado.

 

Se devela  un busto de Monseñor Romero en Ayutuxtepeque

 

Roberto se reunió al día siguiente con San Romero de América. Pero a los pocos días, acaso cuatro o cinco semanas después, me sacudió de súbito la noticia del magnicidio. De pronto llegó al aula el propio director del Instituto Nacional Nocturno “Gral. Manuel José Arce”, el profesor José Mauricio Flores, lucía sobresaltado con un radio pegado a su oreja, y tras interrumpir la clase de Historia Universal, me dijo: Vargas Méndez… una mala noticia. Yo me puse nervioso y mi cuerpo temblaba. Entonces agregó: Acaban de asesinar a monseñor Romero. Calmate, calmate. Pero es mejor que te vayás ya. Tené cuidado. Ya la noche dominaba con su manto oscuro la ciudad, y otra vez sonaban las sirenas a lo lejos mientras en las calles rondaban los sicarios con sus hierros encendidos de odio.

 

Cuando el pasado lunes 24 de marzo, cayendo la noche entre chiflones de viendo, me asomé con mi familia al sitio donde la Alcaldía Municipal de Ayutuxtepeque develaría un busto de Monseñor Romero, todos esos recuerdos se humedecieron y mi rostro también.

 

Fue así como decidí escribir algo. Para colmo, en la mañana, después de 28 años, había estado hablando por teléfono con uno de aquellos amigos sobrevivientes: Pedro Ticas. Qué coincidencia, pensé, y todo: un 24 de marzo. Justo en ese momento dijo mi hija: Papá, nos vamos, está oscureciendo. Sus dos últimas palabras, sin saberlo ella, terminaron por recordarme las palabras del santo martirizado. Sentí los ojos húmedos. Pensé que estaba lloviendo, pero no. Era otra cosa.

 

ROBERTO

 

Roberto ya no está

por más que lo busque revolviéndolo todo,

se ha marchado.

Se fue en vuelo prematuro de las golondrinas,

lo sorprendió la ausencia.

 

Roberto era alegre como las hojas del árbol de fuego;

entonaba canciones en la cintura de una guitarra

y cuando Monseñor Romero le decía

que la gente de San Roque lo llamaba,

se iba silbando una sinfonía improvisada

hasta encontrarse entre el calor de los otros

que eran él

                                que eran ellos

                                                               que éramos nosotros.

 

Él era Roberto Obando Mejía.

Pero una mañana violenta que se confesó

me dijo que Mardoqueo se llamaba

y marchose a empujar la tarde reseca de tanto llanto.

 

Roberto no sólo soñaba con la paz de los hombres,

la amaba

le ponía carne y anhelo a la locura

le ponía su pecho

su ‘yo te entrego la vida’

y por eso una tarde ausente de pericos

se quedó trinando en una esquina de Cuscatancingo,

con los ojos altos y elevados como sosteniendo el cielo

mientras

un botón de sangre a su lado escuchaba cada paso.

 

Lo mataron pensé, lo mataron.

Pero no, hoy lo entiendo

al ver mis puños prolongados de más amor

de donde brotan guitarras y otras guitarras

que disparan

                               hacia la misma orilla.

 

(Del libro “Cuscatlán no te me mueras”, Ediciones Venado del Bosque, 1995)