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Vida, pasión
y muerte de un Pastor:
Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez
Por Jorge Vargas Méndez
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El hombre y la mujer
no deben ser objetos |
Una
mala noticia llegó esa noche
La noche ya había extendido su manto oscuro sobre el Instituto Nacional
Nocturno "Gral. Manuel José Arce", y pese a que las calles lucían trémulas
debido al tropel anónimo de sicarios y energúmenos, las clases se
desarrollaban con relativa normalidad. Repentinamente se asomó a la puerta
del aula el profesor Mauricio Flores, quien se desempeñaba como director,
y cargando en su mano un pequeño aparato de radio se quedó mirándome por
un instante hasta que al superar su perplejidad me llamó para decirme:
Jorge, ¡la cosa está peligrosa! Calmate, y mejor recogé tus cuadernos y te
vas porque han asesinado a Monseñor Romero. Y desde una estación de radio,
cuyo nombre no he podido recordar, aquella noticia inoculaba todos los
corredores del centro escolar. ¿Serían como las siete de la noche? No lo
recuerdo con precisión. Era, eso sí, la noche del 24 de marzo de 1980.
Lo que sí recuerdo es que
en los primeros instantes no hallaba qué hacer. Pero la insistencia del
profesor Flores y su comprensión me devolvieron a la realidad. ¡Andate,
andate -me dijo-, puede ser que continúen con una cacería de catequistas!
Y en efecto, en los sucesivos días asesinaron a balazos a Roberto Obando y
con más de cinco tiros dejaron moribundo a Toño Gómez. De mi parte, sólo
recibí amenazas de muerte y actos de intimidación. ¡Tengo prohibido
olvidar!
Esos días con Monseñor Romero
No era difícil reunirse con él para pedirle un consejo y, en ocasiones,
para asimilar sus enseñanzas como integrante de un grupo de catequistas al
que pertenecí. Es por ello que con frecuencia, en el cuenco inasible y
perenne de mi memoria resurgen imágenes de esa temporada gris y sin
embargo esperanzadora, de donde brotan como en alto relieve nombres
inolvidables como Roberto Obando, Toño Gómez, Pedro Ticas, Roberto Reyes,
Francisco Román, Cuéllar, Toño Campos, Carlos Miguel Cubías, Juan Carlos,
Luis Alonso Corvera, Geraldina y otros más. Monseñor, con sus consejos,
supo dibujarme el futuro y el amor por mi país. Y claro que si estuviera,
como en aquellos días, sentado en su escritorio del Arzobispado, me
recriminaría al leer entre mis papeles: "Roberto ya no está/ por más que
lo busque revolviéndolo todo./ Se ha marchado/ se fue en el vuelo
prematuro de las golondrinas,/ lo sorprendió la ausencia./ Roberto esa
alegre como las hojas del árbol de fuego;/ entonaba canciones en la
cintura de una guitarra/ y cuando Monseñor Romero le decía/ que la gente
de San Roque lo llamaba/ se iba silbando una sinfonía improvisada/ hasta
encontrarse entre el calor de los otros/ que eran él, que eran ellos, que
éramos nosotros... (De "Cuscatlán, no te me mueras", 1995) Monseñor me
regañaría, por mi conato fallido de fe, pero comprendería que sigo
valorando ese amor fraterno que siempre ejemplificó en sus enseñanzas y
con su propia vida de Pastor. ¡Monseñor, monseñor, qué sed no comprendiste
desde tu mitra!
Su calidad humana y cristiana forjadas en el hogar
Nació en Ciudad Barrios, departamento de San Miguel, el 15 de agosto de
1917, es decir, cuatro años después de que ese municipio cambiara su
nombre autóctono, Cacahuatique. Fue hijo de don Santos Romero y de doña
Guadalupe de Jesús Galdámez, y su natalicio tuvo lugar en la casita
humilde que se ubica en una esquina opuesta al parque, justo frente al
convento de las Carmelitas de San José que él mismo fundó más tarde,
cuando fue obispo de Santiago de María.
Su vocación sacerdotal se
puso de manifiesto desde que era un niño, pues antes de empezar con sus
actividades cotidianas entraba a la iglesia a encomendarse al Creador y a
pedirle por su familia, según testimonio del sacerdote Nazario Monroy,
quien lo conoció por aquellos años.
La formación cristiana y el
respeto por los demás, fue tarea del matrimonio Romero Galdámez, pero
sobre todo de doña Guadalupe de Jesús, quien permanecía junto a sus siete
vástagos mientras don Santos Romero procuraba el sustento familiar.
Con apenas diez años de edad, el niño Oscar Arnulfo se empleó como
ayudante de mensajero y de esa forma ayudaba a su padre en el reparto de
telegramas, actividad por la que su padre había emigrado de Jocoro de
donde era originario, para hacerse cargo del despacho telegráfico de
Ciudad Barrios.
Y vino el llamado a
Ciudad Barrios: el sacerdocio
Cuando la crisis económica tocó las puertas de su hogar, entre los mismos
habitantes de la ciudad natal se las arreglaron para dar sus estudios a
aquel niño en un centro escolar privado de esa misma localidad. Pero en
1930, tras conocer a monseñor Ventura Cruz, éste se convierte en el
principal apoyo de su vocación sacerdotal, y con recursos obtenidos de la
romería de Jesús del Rescate se le concede beca para iniciar sus estudios
en el Seminario Menor de San Miguel. Más temprano que tarde, desde 1931,
un nuevo promotor asume la formación del niño Oscar Arnulfo: monseñor Juan
Antonio Dueñas y Argumedo, obispo de San Miguel. Posteriormente ingresa al
Seminario Interdiocesano de San Salvador y en 1937 viaja hacia Roma,
Italia, para realizar estudios de teología en la Pontificia Universidad
Gregoriana en donde se gradúa de licenciado en 1943. Un año antes, el 4 de
abril de 1942, domingo de Ramos, se había ordenado sacerdote en el Colegio
Pío Latinoamericano.
El estigma de la guerra, el genocidio y el compromiso pastoral
Pero si bien había logrado coronar su meta, que era ordenarse sacerdote,
también tuvo que soportar la dura prueba de hallarse en el corazón de la
Segunda Guerra Mundial (1939-1945) y muy lejos de su familia, de su
patria, y lo peor: incomunicado por estar cautivo en un campo de
concentración nazi, donde padeció y conoció de cerca los vejámenes que
soportaron las comunidades judías y cristianas de todas las
denominaciones.
Sin embargo, cuando aquella conflagración mundial casi llegaba a su final,
logra salir de Italia a bordo del barco "Orazio" y para el 11 de enero de
1944, se encontraba en su natal Ciudad Barrios en donde celebró su primera
misa solemne. Desde entonces, se le empezó a conocer como el Padre Romero
y su primera parroquia fue Anamorós, en el departamento de La Unión.
Posteriormente el Padre
Romero se traslada a San Miguel donde permanecería por más de dos décadas
desempeñándose como Secretario Episcopal, Rector de Catedral, Párroco de
la parroquia central, Capellán de la Iglesia de San Francisco y Director
de los medios de comunicación de la curia migueleña: el semanario
Chaparrastique y Radio Pax, labores que le permitieron coadyuvar a la
construcción de la Catedral de San Miguel con la ayuda de las familias:
Silva, Argüello, Rosales, García Prieto y otras más.
En 1967 se traslada a San
Salvador para asumir la Secretaría General de la Conferencia Episcopal de
El Salvador (CEDES), cargo que abandona tres años después luego de ser
investido como obispo en una ceremonia especial que organizaron sus
amistades y que fue coordinada por su amigo el sacerdote Rutilio Grande. A
inicios de mayo de 1970, es nombrado obispo auxliar de Monseñor Luis
Chávez y González, entonces arzobispo de San Salvador, asumiendo también
la jefatura de la comisión de medios de comunicación y la Dirección
Nacional de Obras Misionales.
Monseñor Romero, el Arzobispo martirizado
En febrero de 1977 el Papa Paulo VI nombra a monseñor Romero nuevo
Arzobispo de San Salvador en vista de que monseñor Chávez y González
pasaba a retirarse. Para entonces el Concilio Vaticano II y la Conferencia
de Medellín habían renovado la Iglesia Católica de América Latina y su
tradición conservadora empezaba a declinar. En ese marco, tras asumir la
opción por los pobres, muchos sacerdotes y religiosas son víctimas de la
represión promovida por militares y grupos de derecha. En El Salvador,
durante la gestión del coronel Arturo Armando Molina (1972-1977), fueron
asesinados dos sacerdotes y esa cifra se duplicó en apenas dos años de
gobierno del general Carlos Humberto Romero (1977-1979). Por ejemplo, ni
dos meses había cumplido monseñor Romero como Arzobispo, cuando varios
efectivos de un Cuerpo de Seguridad acribillaron a su amigo el sacerdote
Rutilio Grande junto a sus tres acompañantes.
Hechos como el último y la
creciente ola de asesinatos civiles a manos de militares y paramilitares,
llenaron de profundo pesar al nuevo Pastor metropolitano e hicieron cada
vez más frecuente su voz de reconciliación y condena. Mas los dioses de la
guerra, decididos a regar el suelo patrio con sangre, no quisieron
escucharlo y el 24 de marzo, éstas fueron sus últimas palabras: "(...) Que
este cuerpo inmolado y esta sangre sacrificada por los hombres, nos
alimente también para dar nuestro cuerpo y nuestra sangre al sufrimiento y
al dolor, como Cristo, no para sí, sino para dar conceptos de justicia y
paz a nuestro pueblo. Unámonos pues íntimamente en fe y esperanza a este
momento de oración por doña Sarita y por nosotros". Y sonó el disparo.
¡San Salvador, ardía en llamas!
Aquel 30 de marzo de 1980, por la mañana, me vi con dos niños de la
comunidad católica donde varias veces compartimos con nuestro Pastor
sacrificado y me pidieron que los llevara a las exequias que se
celebrarían en Catedral, y aunque mi decisión era asistir solo por el
riesgo que eso implicaba finalmente acepté el reto. De puro milagro no los
perdí cuando comenzaron los disparos desde la azotea de los edificios
cercanos ni cuando corrimos entre un volcán de zapatos y gritos, o cuando
a empujones los subí por la ventana de un bus de la ruta 1. Pero cuando
por fin los dejé en sus hogares y me despedí, con un nudo en la garganta y
mi llanto humedeciendo el asfalto, me perdí por las calles. ¡San Salvador
ardía de soledad al mediodía!
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