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Una periodista humanizando los conflictos:

Karen Marón, corresponsal en Oriente Medio y Colombia  

Por Laura Narbais.  Máster en Periodismo de La Nación
Las mujeres tambien participaron en el conflicto armado salvadoreño

La cara humana de la guerra  

La primera vez que me encontré con Karen Marón fue en la sede de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA), en la Avenida de Mayo al 1200 en la Capital Federal de Argentina. Quedamos en vernos a las 15, y llegó en punto.

 Agitada. Me saludó sonriente y preguntó si llegaba tarde; pero no escuchó mi respuesta. Dijo, en voz alta, que iría a comprar cigarrillos. Le pedí que me comprara unos, porque tengo los meñiscos rotos. “Ah, ¿y cómo estás?”. No esperó mi contestación, dio media vuelta y salió rumbo a sus Benson & Hedges box,  y a mis Philips común. Los periodistas que trabajan en la oficina siguieron en lo suyo, así que cuando regresó los retó por su falta de solidaridad para conmigo. Apenas se sentó junto a ellos, protestó porque no le daban mate. “¡Recién llegás y no podés esperar tu turno!”, le replicaron casi en coro. Le pregunté si estaba apurada, ya que en quince días se iba a Colombia. “Karen siempre está a mil”, contestó por ella Mariano Ferreira, un amigo suyo, periodista que trabaja en la UTPBA.

En Colombia la espera un estado de conmoción interior, declarado por el reciente gobierno de Álvaro Uribe Vélez, que asume en medio de las amenazas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) de urbanizar su guerrilla. Un conflicto que lleva casi cuarenta años de existencia y que ya produjo millares de muertes, más de un millón de desplazados de sus lugares de origen, y expulsó al exilio a centenares de colombianos. Datos que se convierten en algo más que cifras cuando las historias de sus víctimas salen del anonimato, con nombre y apellido. Karen Marón quiere humanizar el conflicto. Mostrar la cara humana de una guerra que deshumaniza. Con ese objetivo estuvo dos meses en Medio Oriente y diez en Colombia, país al que volverá ahora para describir el drama personal que está detrás de toda guerra.  

Periodista desde muy joven 

Karen tiene 27 años. Ojos verdes. Estatura mediana. La primera vez que la vi, era rubia; la cuarta, cobriza; la vi en fotos donde estaba castaña, o colorada, o morocha. Viene del periodismo de radio y televisión, y quizá por eso modula mucho las palabras y las alarga. Repite, por ejemplo, que algo es o no “absoooluto”. O afirma que un hecho es así, “exaaaactamente”. De padre de origen libanés y madre de ascendencia española, tiene rasgos árabes, pero nariz respingada. De su padre heredó los ojos y la boca grandes. Usa polleras a la rodilla y botas largas, suéteres ajustados y fuma a razón de tres cigarrillos por hora. Tiene un tono de voz muy suave y sonríe seguido. Usa dos anillos grandes, dorados, en su mano izquierda, y prende el encendedor con su dedo índice.

Karen Marón empezó en el periodismo a los 18 años. Hizo trabajos en redacción, locución y televisión en Moreno, provincia de Buenos Aires, donde nació, y en Merlo. En 1998, comenzó a trabajar en Canal 13, en la cobertura de temas policiales. Para entonces había abandonado las carreras de Derecho y de Comunicación Social en la Universidad de Buenos Aires. “Cuando veía que eso ya no me servía, que había llegado a mi techo de aprendizaje, de lo que realmente podía aplicar a mi trabajo, dejaba. Por eso he hecho tantos cursos y talleres. Yo estudio mucho, pero he tenido otra metodología de aprendizaje, más libre, más creativa”, explicó.

Quiso capacitarse en la cobertura de hechos policiales 

En su currículum figuran cursos de redacción periodística, de investigación, de dirección en televisión. Mientras estaba en Canal 13, quiso capacitarse en la cobertura de hechos policiales. No existía algo tan concreto, así que, en 1999, se anotó en el Centro Argentino de Entrenamiento Conjunto para Operaciones de Paz (CAECOPAZ), un curso internacional para corresponsales de guerra, dictado por los Cascos Azules en Campo de Mayo, único en su tipo en el mundo. “Allí había periodistas que contaban que ellos podían decirle al mundo lo que estaba pasando en lugares como Somalia, Ruanda. Vi que había periodistas que se jugaban, que mostraban lo que ocurría y que gracias a ello, las víctimas recibían ayuda. Me dije: esto es lo que busco. Esto es lo que quiero hacer”.

Luego de realizar el primer curso en el CAECOPAZ, se quedó como coordinadora, junto con María Laura Tisi Baña, periodista y amiga suya. Al año siguiente, la nombraron Codirectora. Tisi Baña describió el desempeño de Karen en aquella época: “Es muy responsable. Ella armó lo que fue la currícula del curso, que antes no estaba. Le dio una orientación más periodística al curso y un mayor nivel”.                                                 

En Kfar Saba, Israel.

La tarde del 22 de diciembre de 2000, Karen salió de Kfar Saba, ciudad en la que había realizado un curso de tres semanas para Formadores de Opinión en Áreas de Conflicto. Seis días internada, con meningitis virósica, la habían dejado débil y con secuelas de fuertes dolores de cabeza y fiebre. Desde hacía dos días estaba fuera del hospital pero faltaba una semana más para que le dieran el alta. “Pero yo quería ir a Kalquilia, en Palestina, a dos kilómetros de Kfar Saba, porque acababan de ocurrir enfrentamientos entre israelíes y palestinos”, contó. Así que, junto con un amigo suyo mexicano, periodista también, salieron de la ciudad a las cinco de la tarde. Fueron caminando: un taxi hubiera delatado su presencia en Palestina, y no había tenido tiempo de tramitar los correspondientes permisos. La distancia no era mucha, pero Karen se sentía muy débil y la marcha se hacía dura.

Ingresaron en un kibbutz, y debieron salir de allí saltando unos altos portones de hierro. Siguieron por caminos de tierra, rodeando pequeños montes. Llegaron a un arroyo. Karen estaba exhausta. Un palestino que dijo ser israelí -porque “allá nada parece lo que es”, observó- la cruzó en brazos. A las siete de la tarde llegaron a la frontera con Palestina, delimitada con un cerco de madera, detrás de la cual, a unos 50 metros -en terreno palestino- vieron autos en cuyo interior había combatientes palestinos custodiando la frontera. Habían llegado, pero muy tarde. La fiebre le había subido y no tenían un lugar para pasar la noche.

Las sombras de combatientes palestinos comenzaron a recortarse en las montañas y el acompañante de Karen empezó a sentir miedo. Decidieron regresar, pero los custodios palestinos les avisaron que, en la ruta que conocían, había enfrentamientos.

Tomaron otro camino y se perdieron, lejos de toda zona urbana. Entonces, un auto que iba para un poblado cercano los sacó de allí. Dos días después, durante la Navidad, se fue a Belén, para cubrir la visita de Yaser Arafat a la Basílica de la Natividad. A las seis de la mañana del día siguiente, viajó a Kfar Saba para escribir la nota, a pesar de que había sufrido una recaída de su enfermedad. “Lo hice a contratiempo, con un desgaste físico muy grande. Recién cuando le di send al artículo, pude descansar”, recordó.

A fines de noviembre de 2000, Karen ganó una beca en el Instituto Internacional Histadrut, de Israel, otorgada por el Ministerio de Relaciones Exteriores, para realizar un Curso para Formadores de Opinión en Áreas de Conflicto. Antes de partir, se contactó con el periodista José Luis Agromayor, a quien conoció en un curso del CAECOPAZ y le propuso trabajar como freelance para ese semanario, enviándole las notas que consiguiera. 

El fuego sagrado de una buena periodista  

José Luis Agromayor se define como “un viejo periodista”. Trabajó en La Prensa de los Gainza Paz, hizo colaboraciones para el suplemento de cultura de La Nación, cubrió la guerra de Malvinas y, en la actualidad, es el editor de la edición hemisférica de Tiempos del Mundo, una publicación de The Washington Times. Conoció a Karen cuando ella coordinaba los cursos  en el 2000.

Se viste con chalecos de fotógrafo, llenos de bolsillos, para “poder tener siempre conmigo lo que necesito, porque soy muy desordenado”. Hablé con él en su despacho del piso que ocupa Tiempos del Mundo en el microcentro porteño. “Estuvo enferma y trabajó muy bien. Entendió el mecanismo del semanario y me mandó la nota (se refiere a la de Arafat en Belén) en el momento justo. Si la mandaba después, perdía vigencia”. Agromayor dijo sentirse orgulloso de haber descubierto una periodista corajuda.

“No hay muchos periodistas masculinos tan corajudos como ésta. Ojalá tuviera todos los periodistas así. Veo en ella ese fuego sagrado de un buen periodista. No la para nadie. A ella (Agromayor remarcó las palabras) le va la vida en lo que hace”.  

Estando en Ramallah, Palestina  

A fines de diciembre de 2000, el conflicto árabe israelí se había profundizado, luego de que, el 28 de septiembre de ese año hubiera comenzado la segunda Intifada (levantamiento), que estalló tras la visita de Ariel Sharon a la Explanada de las Mezquitas.

En ese momento, el levantamiento ya había costado la vida a más de un millar de personas -más de 900 palestinos y 200 israelíes, aproximadamente-. Karen Marón quería entrevistar a los jóvenes que participaban en la Intifada o a “los chicos de la Intifada”, como los llama. Con ese fin, el 28 de diciembre, tomó en Jerusalén un taxi que estaba autorizado a entrar en Palestina.

“Estaba haciendo una entrevista al taxista palestino que me trasladaba y llevaba el grabador abierto. En un momento nos detiene en un chekpoint  palestino. Ese policía comenzó a preguntarle al taxista qué hacía yo ahí. Cuando se enteró de que era periodista, se enfureció, empezó a elevar la voz cada vez más. Gritaba y pedía cada una de mis acreditaciones, pero no me hablaba a mí, ni me miraba. Me arrancó el grabador, la cámara de fotos, el pasaporte y quería obligarme a salir del auto”, recordó.

Dos semanas antes, la televisión italiana había difundido imágenes en las que se veía el linchamiento de dos soldados israelíes en manos de los palestinos. Desde entonces, muchos ciudadanos de Palestina consideraron a los periodistas como a sus enemigos.

“El policía gritaba que los periodistas eran unos traidores. Y me decía ‘judía traidora’”. El paisaje era desolador, con edificios destruidos por los ataques, en medio de un basural y amontonamientos de tierra. “¿Qué iba a hacer? Estás en un conflicto. Yo sabía que la única manera de que me humanizara era que tuviera un contacto visual conmigo. Le pedía que me mirara. No tuve miedo en ningún momento, porque trataba de manejar lo emocional y de comprender la situación. El señor no estaba contra mí. Él está en una guerra, y cumple su rol, pensaba yo. Además yo soy una mujer y me cosificaba. Quería infundirme miedo, pero buscaba demostrarle que le tenía respeto, por eso lo miraba fijamente, como diciendo que lo respetaba”. Finalmente, Karen bajó del auto, y entonces logró que el policía la mirara. Verificó telefónicamente que tenía una entrevista con el Jefe de la Oficina de Información Pública en Ramallah “Y me miraba, y miraba. Fueron unos de los 50 minutos más largos que recuerdo por el nivel de tensión y agresividad. Además por diferentes circunstancias, nadie sabía que yo estaba en territorio palestino. Pensé: ¡ay Dios mío! Entonces me pidió mi tarjeta personal. Y pudimos seguir.”.  

Cuando Karen ingresó en Ramallah, los “chicos de la Intifada” estaban cerca de la frontera con Israel. Karen bajó del auto y se acercó a los jóvenes. Entonces, un móvil israelí comenzó a tirar gases lacrimógenos. El taxista que la había llevado estaba alejado, pero vio cuando una de esas bombas golpeó la pierna de Karen, y empezó a gritarle que se fuera de allí. Karen continuó tomando fotos de los chicos con hondas y piedras -exceptuando sus rostros- hasta que se dispersaron. El líder de la banda era un chico de 14 años, que llevaba con un arma corta. “Me decía que los enemigos eran Israel y Estados Unidos”. Recorrió la ciudad en su compañía, y pudo hablar con muchos de sus habitantes. “Uno de los testimonios más fuertes que recogí fue el de un palestino que tenía doce hijos. Había perdido sus tierras cuando se realizó la partición de Palestina. Y su casa, luego de un bombardeo. Me dijo que, mientras hubiera madres palestinas, seguiría habiendo guerreros y mártires palestinos. Un concepto tan diferente al que se tiene en otras partes del mundo. Por ello hay que abrir la cabeza, ser “open mind”, pues no se puede entender la lógica de otras culturas con la lógica occidental”.  

Cuando regresó a Colombia

María Elena Ramos -se presentó como Mariel- es la madre de Karen. Tiene 62 años y perdió a su mamá a los 17. Devota de la Virgen Desatanudos, cada viaje de su hija le supone una verdadera agonía. “No me gustaría que volviera a esos lugares”, se le quebró la voz, y continúo: “Menos a Colombia. No. No. Yo la pasé muy mal, sufría. Espero que esta vez vaya, traiga sus cosas y vuelva. No es para una mujer estar en un lugar así”. Quedó viuda cuando Karen tenía 5 años. “Cuando el papá de Karen murió me quedé sola con ella. Para Karen fue tremendo, hasta el día de hoy. Yo me volqué totalmente a ella, la sobreprotegí mucho. La llevaba y la traía del colegio. Yo digo que esa libertad que Karen tanto busca (en su trabajo, en su vida personal) es para compensar tanta sobreprotección”, dijo, moviendo la cabeza como arrepentida.

Karen pasó dos meses Medio Oriente y volvió a la Argentina. En Israel conoció a periodistas colombianos. En julio de 2001 viajó a Colombia para cubrir el conflicto entre las FARC y el gobierno. De nuevo freelance para Tiempos del Mundo, que tiene oficinas en Bogotá. Después de vivir de un mes y medio en Bogotá, donde aprovechó para hacer un diplomado que dictaba el ejército para corresponsales de guerra y seminarios con la Asociación Medios para la Paz, viajó a la zona de distensión en San Vicente del Caguán (un área desmilitarizada, del tamaño de Suiza, que exigieron las FARC como condición para sentarse a negociar con el gobierno). “Hice muchos trabajos de pre producción. Traté de llegar lo más preparada posible, con contactos y fuentes determinadas”.

Testigo de su trabajo fue Alexandra Farfán, periodista colombiana, editora de Tiempos del Mundo en Bogotá: “Karen es una juiciosa investigadora, con altísimos dotes de obstinación. Lucha por conseguir lo que se propone, sin importar cuántas veces tenga que llamar a un contacto, cuántas instancias tenga que superar para llegar a un personaje o a dónde tenga que ir para entrevistarse con él. Vi todo el trabajo que le costó entrevistarse con las FARC, -Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-, y con las AUC,- Autodefensas Unidas de Colombia, el grupo de derecha contrainsurgente, - (llamadas, correos electrónicos, cartas, permisos, plazos, recomendaciones...) y el trabajo de investigación previo a las entrevistas, que incluyó la lectura de sendos documentos sobre el conflicto colombiano, el proceso de paz que en ese momento seguía su curso y las mismas FARC”.

Pertrechada con los correspondientes salvoconductos, salió de Bogotá en agosto, rumbo al Caguán, en un bus, algo parecido a los colectivos de línea argentinos, que compartió con gente muy humilde, muchos de ellos, desplazados que viven actualmente en el cordón montañoso de Bogotá. “Quería hacer un análisis del conflicto, desde todos los actores que intervenían en él. Y, a partir de allí, poder armar el rompecabezas. En ese sentido, el viaje fue absolutamente rico. Pude hablar con es gente que sufre enormemente el conflicto”, explicó. Fue un viaje de 18 horas, por ruta primero, y caminos de tierra después, que se internaban en la selva.  

Villa Nueva Colombia, Los Pozos, Colombia

En San Vicente del Caguán, sede de las negociaciones del proceso de paz llevado adelante por el gobierno de Andrés Pastrana, se realizaban audiencias públicas. Los distintos actores sociales -campesinos, negritudes, indígenas- acudían a Los Pozos, un caserío cercano a San Vicente del Caguán, para presentar sus demandas a la guerrilla y al gobierno. Una vez acreditada en las oficinas de las FARC, Karen comenzó a viajar diariamente a Los Pozos, para realizar las entrevistas.

Francelina es una guerrillera de las FARC. Vive en la zona del Caguán, en Los Pozos. Tiene 33 años. Rostro indígena, robusta, de piernas fuertes, usa trenzas muy bien peinadas. “La veía limpiar su fusil con esas uñas tan largas, de un rojo furioso, y me impresionaba tanto contraste”, recordó Karen. Además de las entrevistas con los principales líderes de las FARC, Karen quiso entrar en el mundo de las mujeres de la guerrilla. Eran parte de la cara humana del conflicto que le interesaba conocer. “Fue un tema de negociación. No era fácil acceder a ellas. Se escabullían y no daban entrevistas a medios locales. Yo debía entender que eran mujeres campesinas que tenían una vida muy dura. Así que comencé a observarlas y a ver qué teníamos en común. Me encontraba en el baño con ellas y empecé a decirles que me gustaba cómo se cuidaban el pelo, las uñas. Al principio, no me hablaban mucho, poco a poco fueron accediendo a que las entrevistara”.

La primera guerrillera que entrevistó fue Francelina. Tenía 11 años cuando un grupo de paramilitares entró en su casa y mató a toda su familia. Entonces se puso del bando contrario. Después de Francelina, vinieron otras, como la Comandante Mariana, una mujer de alrededor de 45 años, adusta, integrante de las milicias urbanas de las FARC, hasta que pasó a la clandestinidad. Y Eliana García, la comandante más vieja de esta guerrilla, que se casó a los 14 años. Abandonó a su marido, alcohólico, dominante, y se integró a las FARC. “Fue muy difícil hablar con ella, pero lo conseguí por insistir. Raúl Reyes, su comandante, me había dicho que no le preguntara sobre asuntos de mujeres, como el matrimonio, los hijos. Yo respeté ese pacto, pero, al final, se abrió muchísimo”, dijo Karen. Así, en un quincho de Los Pozos, fusil en mano, Eliana García, la Tirofijo de las mujeres guerrilleras, dejó de lado el discurso político y comenzó a hablar de su vida: llevaba nueve años sin ver a su hija, era viuda de varios guerrilleros. José Luis Agromayor dice de Karen, que es entradora. “Es un don. Hace que la gente le tenga confianza y consigue testimonios que otros no pueden ”. Karen está preparando un libro con la historia de las mujeres de la guerrilla inducida por el periodista Gabriel Pasquini del Diario La Nación de Argentina, al que dice admirar y reconoce que fue su modelo de trabajo en la cobertura que él realizó de la guerra en Kosovo. “Para ellas, primero está la revolución, después, un hombre y en tercer lugar un hijo”. 

Los Pozos, Colombia

Durante el mes que estuvo Karen en la zona de distensión, el fundador y actual comandante general de las FARC, Manuel Marulanda, alias Tirofijo, no daba entrevistas a la prensa. Su jefe militar, Jorge Briceño, no estaba en ese momento en San Vicente del Caguán. En Los Pozos, se encontraban Raúl Reyes, el “tercero” de Tirofijo, Andrés París, encargado de las Relaciones Internacionales de las FARC y Simón Trinidad, extraoficialmente a cargo de las finanzas de la guerrilla. Karen hizo entrevistas a estos tres jefes guerrilleros

Proveniente de la aristocracia de Valledupar, en la costa norte de Colombia, Simón Trinidad es considerado como uno de los “duros” de las FARC. Ex banquero, de 45 años, alto, pelado y de anteojos, tiene una capacidad intelectual superior a la media de los guerrilleros, en su mayoría de extracción campesina.

Veinte días después de su llegada al Caguán, Karen logró entrevistarse con él. “Ninguna de las otras entrevistas tienen el peso periodístico que tiene ésta (por la de Simón Trinidad). Sentía que tenía tanta información, estaba todo tan aceitado en mí, que no parecía una entrevista: parecía una charla”, afirmó. Tuve acceso a la entrevista publicada, en la que Simón Trinidad reconoció la simpatía de las FARC con el presidente venezolano Hugo Chávez; admitió que la zona de distensión era usada para entrenamiento, que las FARC no iban a desmovilizarse nunca y que el objetivo era la toma del poder: “gobernar, ni siquiera cogobernar”. Una entrevista de tres horas que, al ser publicada, tuvo muchas repercusiones: fue publicada en Tiempos del Mundo Colombia y en la Edición Hemisférica, en el The Washington Times, fue tapa de El Tiempo, el principal diario de Colombia; provocó debates en el Senado; el editor político de la revista Semana,  Francisco Miranda Hamburger, afirmó que esa entrevista sería recordada por 20 años; fue la base de editoriales y notas de opinión; fue objeto de estudio entre los militares. “Fue un bombazo periodístico que solicitaron diferentes medios”, comentó María Pérez Plá, una periodista española, que conoció a Karen en Bogotá.

Luego de la publicación de la nota, un integrante de la guerrilla se comunicó con Karen para decirle que los había traicionado. Una condición impuesta por las FARC para conceder la entrevista fue que no fuera publicada en un medio local. Karen contestó que había cumplido con esa condición, ya que Tiempos del Mundo es un medio internacional. Lo que no pudo controlar fueron las repercusiones de la nota en medios colombianos. Ahí empezaron las presiones provenientes de los actores del conflicto y el gobierno que a partir de su artículo prohibió que los periodistas ingresaran a la zona de distensión sin autorización expresa gubernamental. Empezó el temor por su seguridad.

La salida de Karen del Caguán fue repentina. Dos días antes de la entrevista a Simón Trinidad, una persona con cierto ascendiente local le había recomendado que se fuese. “Me decía que me vinculaban con las FARC. Tenía, además, datos de inteligencia sobre mí: que había ingresado por tierra, que había estado en Medio Oriente, sabía los días que había estado con las FARC... Tenía un tono atemorizante. Salí de ahí preocupada”. Esta persona (Karen no reveló su identidad) le ofreció asilo y le indicó un itinerario para salir del Caguán. “No entendía absolutamente nada al principio por la locura que significaba cuestionar un trabajo profesional, pero comprendí que eran las reglas del juego. En Colombia cubrir una fuente representa para la facción contraria que relacionen a los periodistas con ella. Es muy grave ya que convierte a los periodistas en objetivos militares sólo por cumplir con su trabajo y se repetía la postura... “matar al mensajero”

Karen habló con una amiga periodista de El Tiempo, que le advirtió que se fuera en avión. Y que lo hiciera inmediatamente. Luego de la entrevista con Simón Trinidad, Karen salió de allí hacia Bogotá. Dos días más tarde, el chofer que la trasladaba habitualmente hacia Los Pozos, apareció asesinado en el camino que le había indicado el misterioso personaje. Karen lloró al recordarlo.

“Karen se la vive jugando y le puede pasar que la encuentren con un tiro en la nuca, sin respaldo de ningún medio. No tiene problemas de pisar el polvo. No cubre una guerra desde el hotel. Tuvo una situación muy complicada (cuando debió salir del Caguán) y debió cambiar de hábitos de vida, tomar precauciones, cambiar su número de teléfono; la presionaron para que revelara sus fuentes y no lo hizo”, reflexionó Pablo Macharovski, un reportero gráfico de 36 años que cubrió el conflicto de Haití, la guerra de los Balcanes y el conflicto de Medio Oriente y que es amigo de Karen.

Jairo Patiño trabaja en Tiempos del Mundo, Bogotá, desde el 98. Es profesor de la cátedra “Periodismo: fútbol y literatura” en la Universidad Javeriana de Bogotá y trabajó (entre otros) en El Espectador y en un programa de televisión dedicado al periodismo de investigación llamado “Así Fue”, en el que tuve contacto periodístico con las zonas de conflicto. “Karen es muy apasionada por el periodismo. Está movida por inquietudes periodísticas que la llevan a salir de su país y terminar en ambientes hostiles y ajenos sólo para conseguir historias. Yo diría que es errante por naturaleza. Pero recuerdo sobre todo cómo la analicé cuando estuvo en Colombia: una mujer lejos de su casa que vino a este país (con el gasto de dinero que eso implica) sólo para hacer unas entrevistas freelance. Yo pensaba, debe haber dos motivaciones: una, le pagan muy bien por su trabajo; dos, vive el periodismo en extremo. Después pensaba, ningún dinero paga estar en un país ajeno que además está en conflicto armado y con serios deterioros sociales. Concluía que su camino debía estar cimentado en la pasión, el gusto o, quizás, un extraño grado de locura. Eso, me sorprendía”

Departamento del Putumayo, Colombia, frontera con Ecuador

En el suroeste de Colombia se encuentra la ciudad de Puerto Asís, cabeza de la Región, a orillas del Putumayo. Cruzando el río, se extiende la selva, en poder de las FARC, donde se encuentra una de las mayores concentraciones de coca y uno de los principales centros de procesamiento de cocaína de Colombia. Zona “caliente”: quien consigue el manejo de la disputada coca,  tiene el poder. En febrero de 2002, Karen viajó a la zona del Putumayo invitada por Carlos Calderón, un ingeniero civil colombiano, de 55 años, que ejecutaba entonces un contrato de Interventoría en el Departamento del Putumayo. El trabajo consistía en mejorar el saneamiento básico y las viviendas de los indígenas de la zona. Durante 12 días, Karen, Calderón y tres indígenas recorrieron la zona. A veces a caballo, a veces en moto, a veces a pie, siempre seguidos y vigilados por las FARC.

Vestida con pantalones de género liviano, remera y botas de goma, gorra para el sol y, en la espalda, una mochila. La mochila de Karen Marón tiene un botiquín de primeros auxilios con gasa, povidona, antibióticos, analgésicos, guantes, desinfectantes y cinta adhesiva. Además, tapones para los oídos, un largavista y un grabador. También, 3 remeras “para vestirme tipo cebolla”, bloqueador solar, anteojos para sol, barras nutritivas altas calorías, cantimplora, rollos de fotos “a morir (es decir, veinte)”, anotador, lapicera,  medias, desodorante, jabón, pasta de dientes, cepillo de dientes, delineador de ojos, base para el rostro. “Ah, y preservativos, porque son los mejores impermeabilizantes para poner los cassettes y los rollos”, aclaró. Todavía hay espacio para un mapa de la zona, , brújula, GPS, una radio, pastillas potabilizadoras de agua, chicles, cigarrillos, caramelos y siempre un cassette de Lenny Kravitz, Aerosmith o La Ley o “para escuchar y sentirme cerca de las cosas que conozco”.

Doce días después de llegar al Putumayo, luego de asistir a cabildos indígenas, de observar las plantaciones de coca y de sucesivos encuentros con las FARC, Karen, Calderón y el coordinador indígena que los guiaba se internaron más aún en la selva.

Karen llevaba la delantera. Caminaron seis horas para acompañarla en su búsqueda de una experiencia nueva: presenciar el rito indígena de la toma del yagé, bebida alucinógena producto de un líquido extraído de las raíces de un árbol llamado bejuco. “Fue una de las experiencias personales más ricas”. El rito se hizo en la casa del taita o chamán del cabildo. La ceremonia duró ocho horas. El chamán, delante del altar, rodeado de los indígenas y de Karen, cantaba, giraba, llamaba a los espíritus de la naturaleza. Carlos Calderón observaba desde afuera. El chamán le ofreció la bebida. Triple dosis de yagé. Lo tomó de un solo trago. “Tuve ciertas visiones rituales; veía fuego, animales que no conocía. Logré una conexión espiritual muy fuerte con el chamán; lo veía en otro plano. Y me sirvió para comprender la cultura indígena y respetarla”.

Buenos Aires, Argentina

A fines de marzo del 2002, Karen debió regresar para renovar su visa. Dejó gran parte de su equipaje en Bogotá, porque volvería al mes siguiente. Al menos eso le dijo a un cartagenero que conoció cuando fue a la costa para contactarse con hombres de las AUC y para asistir a  un curso de periodismo de investigación para reporteros de guerra con la que fue becada por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano de Gabriel García Márquez, durante su estadía en Colombia.

Los primeros días en Buenos Aires, Karen dormía muchas horas diarias. No quería salir a la calle. “En realidad, quería protegerme. Armé como un caparazón, para no tener que contar cosas que, para mí, eran muy dolorosas”, explicó. No puede hablar, sin llorar, del chofer que asesinaron en el Caguán, alguien a quien consideraba un amigo. “Había momentos en los que hablaba mucho, en los que necesitaba contar, y momentos en los que vivía todo lo que había pasado con una indiferencia total. Me dolía tanto pero no quería, por otro lado, demostrarlo”.

María Laura Tisi Baña es la mejor amiga de Karen. La describió como “muy sensible, muy dulce, pero siempre está con una coraza. Muestra que es una mina dura, a veces parece incluso superficial, pero pone un escudo, por lo que le tocó vivir. Le cuesta que entren en su intimidad”

Su divisa: humanizar el conflicto

El último tiempo que Karen vivió en Bogotá lo hizo en casa de María Pérez Plá y su marido. “Fue una bendición para mí haber podido vivir con ellos, porque tuve una familia. Yo estuve sola durante diez meses: estás rodeada de gente, tenés el cartel de corresponsal extranjero y se te abren puertas. Pero desde lo afectivo, estás sola. ¿A quién vas a contar lo que estás sintiendo? El único talón de Aquiles que le conoce María Pérez Plá es el ser “demasiado humana, que no es lo mismo que humanitaria...,aunque también lo es”, contó.

Su mamá dice que era una chica simpática y de buen humor, pero que, cuando volvió, la vio cambiada. Todo eso está superado y salió  “más fuerte, más comprensiva y con una escala de valores diferente”

Karen empezó a hacer terapia al regresar de Colombia. “Hay un tema sobre el que estoy trabajando: la imagen de chica superpoderosa que tienen de mí. Mi editor (José Luis Agromayor) me dice Rambita. Karen se mete con la guerrilla, salta, va y viene, se tira de un helicóptero. Se creó una imagen de mí como de alguien a la que no le duele nada, que está bien, que va siempre para adelante. Eso creen de muchos periodistas que cubren conflictos, pero el dolor queda dentro al ver el sufrimiento humano. Uno debe procesarlo para poder transmitirlo. Allí se sumerge en el horror, donde se ven las miserias más terribles del ser humano y los actos de amor más inconmensurables. Yo quería mantener esa imagen, pero por dentro  estaba mal. Por las historias tan duras que y los momentos límites que hemos pasado mis compañeros y yo”.

Y continuó: “Los libros de periodismo dicen que tenés que alejarte del dolor, pero yo creo que debés hacer el trabajo de contar lo que sufren las víctimas verdaderas de la guerra, y el drama humano que significa. Y si no tenés sensibilidad, no lo podés transmitir. Mi idea del trabajo periodístico es humanizar el conflicto. Y hay que correr riesgos y asumirlos. Es nuestra elección. Quiero ver qué hizo esta persona, qué le ocurrió, por qué en vez de la paz eligió el camino de la guerra. Es una persona. No es un monstruo. En absoluto”.