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El Periódico Nuevo Enfoque (PNE). - El padre de mi amiga está próximo a la muerte. Ella lo sabe, lo sabe toda su familia. Victima de un cáncer terminal, su padre ha dejado de ingerir comida y líquidos. El otro día, mi amiga, con lágrimas en sus ojos, me dijo que necesitaba hablar conmigo. ¿Qué le puedo decir? Hablar de la muerte no es mi tema favorito.
¿Cómo se le puede dar ánimos a una persona que sabe que pronto alguien tan querido como su padre morirá? Mi amiga quería escuchar cómo ella se puede preparar para vivir la vida después de la muerte de su padre. ¿Qué es lo más duro de llevar después de la muerte de un ser querido?, me preguntó ella. El vacío que deja, le dije, sin dudar un solo instante.
Para consolarla en su dolor, le conté el día que mi abuelo murió, hace 20 años. Yo era un adolescente, prácticamente un niño, cuando mi abuelo estaba agonizando un domingo por la mañana en la cama después de haber estado enfermo por casi un año.
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Mi abuelo era todavía un hombre joven, pero el vicio por el alcohol le había hecho estragos permanentes en su hígado. Aparte de una cirrosis hepática, cogió una hepatitis que lo terminó de llevar a la tumba.
La muerte natural de una persona es terrible, pero talvez, lo más terrible es el miedo que se tiene a ella. Todos tendremos que morir algún día, al menos que toda esta vida sea una ilusión, un espejismo, como afirmaban algunos filósofos griegos de la antigüedad. Mi abuelo sabía que se iba a morir, se lo había dicho su médico en San Miguel, El Salvador, y se lo confirmó otro médico en San Salvador, después de que mi abuela hiciera todo lo posible para que se sometiera a otra revisión médica, a pesar que el dictamen médico del doctor de San Miguel era contundente, nada se podía hacer: el daño a los tejidos del hígado estaba muy avanzado, y con los recursos médicos en El Salvador en ese entonces, solamente le quedaban días para vivir. Además, la familia no tenía el dinero para trasladarlo a Estados Unidos para recibir un mejor tratamiento médico. En otras palabras, todo apuntaba que la muerte de mi abuelo estaba sellada.
Mi abuelo estaba resuelto a morir haciendo lo que siempre había hecho: ser fiel a sus vicios. Esa mañana, un domingo de mayo, pidió que le dieran una cerveza muy fría. Mi abuela, que había estado llorando toda la noche por haber notado el rápido deterioro físico de mi abuelo, enfrente de todo mundo, le dijo que era un necio, que estando tan grave (quiso decirle, estando muriéndose), se atrevía a pedir cerveza. Mi abuelo, con lágrimas en sus ojos, con una voz que se iba apagando, le dijo que no se fijará en tan pequeña cosa. Mi abuela hizo una escena, que a mi parecer, fue muy exagerada, porque ella sabía, y todo el mundo sabía, que mi abuelo estaba próximo a la muerte, que era cuestión de horas, y que dejar de tomar una cerveza no le iba a prolongar la vida.
Y así fue, mi abuelo solo logró beber dos o tres sorbos de la cerveza muy fría (había pedido cerveza muy fría), y empezó a morirse en seguida, con una sonrisa en sus labios. Pero no se podía morir en la cama, y una señora vecina, quien también había estado llorando con mi abuela y las demás mujeres de la casa, dijo que no se iba a morir en la cama, que necesitaba que lo bajaran al suelo. Una vez sobre el suelo, mi abuelo murió al instante. Mi abuela, deshecha en lágrimas y lamentos, se echó sobre mi abuelo, que todavía tenía un poco de espuma de la cerveza sobre sus labios pálidos.
Ver a mi abuelo muerto sobre el suelo hizo que yo empezará a llorar sin control, como había hecho mi abuela, mis tías y tíos, y posteriormente, todo mundo en casa, vecinos y vecinas.
Para mí, había muerto quien me enseñó a montar en caballo, a pescar, y quien pasaba tardes enteras recorriendo conmigo su pequeño terreno en San Miguel. Había muerto mi abuelo querido, y se murió enseñándome una lección que jamás olvidaré: No hay que dejar de hacer las cosas que nos gustan, especialmente, en el umbral de la muerte. Ciertamente, mi abuelo tenía un vicio muy grave, era un alcohólico. Más de una vez nos aconsejaba a sus nietos que jamás se debería coger el vicio del alcohol. Ninguno de sus nietos es alcohólico. Mi abuelo, un hombre campesino, afrontó la muerte con toda dignidad.
Dejó un vacío en la vida de todos nosotros. Mi abuela nunca se repuso de la muerte de mi abuelo, y hoy en día, después de 20 años, le sigue llorando. No hay razón que pueda explicar la muerte; ni sentimiento tan doloroso como ver a un ser querido en un ataúd. El dolor es más agudo especialmente cuando se regresa del cementerio de enterrar a esa persona.
Después de haber enterrado a mi abuelo, regresamos todos a casa, y nadie tuvo valor de hablar, porque sabía que si lo hacía, iba a empezar a llorar. Todo el mundo, incluyendo mi abuela, mantenía la boca cerrada para no desatar el nudo amargo que tenía en la garganta. Sin embargo, después de que alguien hizo un café, mi abuela se deshizo en llantos. Era demasiado terrible la ausencia de mi abuelo en casa.
No sé cuando, ni cuantos días o meses después, fue que todos logramos aceptar la
ausencia de mi abuelo.
Lo más difícil de sobrellevar después de la muerte natural de un ser querido, le dije a mi amiga, es su repentina ausencia, especialmente en los primeros días y meses. Pero los humanos, talvez genéticamente o talvez por una ayuda divina, logramos aceptar que la muerte es parte de la vida.
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